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viernes, 1 de abril de 2016

14 páginas.



   14 páginas
    


14 páginas
          Jaime estaba obsesionado en escribir un relato de 14 páginas. No  paraba  de pensar en ello. Su dispersión le había abierto muchos caminos; un relato de guerra, un relato de una familia desestructuradas con uno de ellos ingresado en un hospital psiquiátrico por esquizofrenia, un relato solo con metáforas y referencias literarias, para someter al lector a una difícil prueba. 
          Por fin lo encontró, tenia definidos los 14 personajes, (le obsesionaba el 14 desde que era muy pequeño y ya era hora de sacarse los monstruos). Tardo más de un año en definirlos y crear los vínculos afectivos. Tenía el tema y el ritmo, solo quedaba sentarse a escribir.
         Cuando estaba empezando a escribir la historia, atrapo al vuelo otro relato, un padre y una hija que vivían en un paisaje inhóspito con una relación tormentosa y tierna a la vez.  Vio claro, que debía escribiros, sabía que iba a sufrir, que se le abrirían las cicatrices cerradas mucho años atrás, pero no le importaba.
         El día uno del mes de Octubre  empezó a escribir, siempre empezaba el día uno. Se dejo llevar y encontró la musa y la acabó en tan solo dos días. Exhausto, la guardo en el cajón para que el tiempo acabara por definirla. Solo catorce folios se repetía una y otra vez. Transcurrió un mes, se acerco al cajón . Estaba muy nervioso, mientras sus dedos se deslizaban, las gotas de sudor  resbalaban por su cuerpo. Releyó el manuscrito y conto las paginas, eran diecisiete. Recorto todo lo que pudo, aun quedaban dieciséis. Quito adjetivos y descripciones aun quedaban quince. No podía recortar mas, perdería toda su esencia. Quince folios, no podía ser. Necesitaba 14, era su obsesión.  Lo volvió a guardar. El tiempo le aclararía las ideas. Se levantaba   empapado en sudor y en la quietud de la noche lo releía. Empezaron a salirle heridas en la piel. Otra vez la grietas en la comisura de los labios y el sabor metálico de su saliva.
        
         Una noche se levantó hizo añicos el manuscrito y lloro desconsoladamente. Durmió durante el resto de la noche se levantó y permaneció en estado hipnótico el resto del día. Hacía pocas horas que había tomado una de las decisión más difícil de su vida,  romper una de las historias más desgarrantes que había escrito, y no estaba seguro de haber acertado.
         A los  cinco semanas, salió de casa; decidió pasear al menos una hora al día. Poco a poco empezó a entablar conversaciones con los vecinos, conversaciones banales, pero para él tenían mucha importancia.
         Cinco meses después, más relajado y sereno, decidió retomar el trabajo. Escribiría la primera historia. Al fin y al cabo estaba casi terminada antes de empezarla. Sabia los personajes, la historia, el ritmo... Empezó a escribir el primer día del mes de Junio. Le estaba pareciendo sublime, lo mejor que había escrito en años. Acabo a finales de mes. Las musas venían todos los días un rato, a penas a saludarle,  y se iban. Lo guardo en el mismo cajón en el que guardaba todos sus trabajos una vez terminados.
         Transcurrieron unos días. Esta vez era terrible, no comía, no dormía... Estaba sumido en el peor de los caos y no quería abrir el cajón.

         Una mañana cuando los rayos del sol empezaban a colarse timidamente en su habitación, se levantó, se aseó, se puso su mejor traje y estuvo más de media hora limpiando los zapatos. Salió de casa, bajo tres escalones, empezaron las taquicardias, la sequedad en la boca y el sabor metálico de la saliva.  Volvió a casa, como un loco saco el manuscrito atropellándose las manos, conto las paginas, y.... no podía ser, trece paginas. Otro personaje? Prolongar los diálogos? Añadir descripciones?. No parecía difícil. Mejor añadir que recortar. Sólo una, una sólo para las 14.
         A primeros de mes se sentó en la mesa del despacho. Pensó: "El trece me da mala suerte, pero...."  Espero un rato,  nada, ninguna idea. Lo intentó al día siguiente, tampoco. Pasaron diez días y... nada. Al  menos estaba tranquilo y su vida era organizada de nuevo. Se decía: "paciencia, paciencia, hay que tener paciencia" Pero no llegó. Nunca llegó Ya no tenía fuerzas para volver a escribir. Además había gastado todos sus ahorros.
 Semanas después, habló con su padre para que lo empleara en el negocio familiar. Un estanco situado en un barrio modesto. 
 -hijo, vas a tirar tu carrera por la borda.  Están a punto de concederte un sillón en la Real Academia.
 - no puedo escribir, no quiero escribir. Prefiero observar a la gente desde el estanco.

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